Época mala esta que me toca vivir. Libros y películas me arrastran por la senda de perdición del matriarcado. Cherchez la femme, que decían los franceses cuando Francia era una sociedad donde la mujer nos hacía felices. Eran mis años sesenta, para qué voy a contarles. La dulce Francia se ha cubierto ahora de marimachos que mandan hasta en el Ejército. Pero de las dulces miradas sólo ha quedado alguna que el otro día rescaté en el Boulevard des Italiens. Y ni siquiera me he enterado de cuánto cuesta.
Porque ya desaparecieron las versiones originales de las Marilyn y otras Shirley MacLaine, pasando o repasando por Rita Haywort y hasta la Bardot de siempre, aquella que se hincaba entre los riñones con voz prestada por Serge Gainsbourg, otro golfo de la belle époque de los sesenta. Fueron tantas que me quitan el poco sentido que me quedaba. Ahí anda todavía Anita Ekberg con el agua de la fontana de Trevi metida por sus murlazos de vaca suiza y Marcello Mastroianni con ojitos de corderito a punto de ser convertido en pasto de turistas en un viejo y lujoso restaurante de Madrid carísimo de la muerte pero donde pueden servirte una merluza sin descongelar. Es lo que ocurre con algunas mujeres, y hasta con algunos hombres malos.
Luego están todas esas mujeres que los autores de novelas negras norteamericanos, hay que reconocerles ese mérito porque escribieron auténticas biblias del mal vivir en las que los europeos aprendimos que existía un mundo extraño llamado Estados Unidos. Es gente que calca modelos de mujeres que fatalmente tuvieron que conocer. Es imposible inventar el diablo. James M Cain, David Goodis, Carter Brown, James Hadley Chase, Harry Whittington, Lionel White y, por encima de todos, Chester Himes, el padre de todos esos santos varones que para muchos de nosotros fueron iniciadores amorosos. Eran tiempos en que creíamos hasta en los ángeles con vaqueros y más de uno de ellos nos presentó a una Madame Bovary en versión inglesa o norteamericana que para él la hubiese querido Gustavo Flaubert. Laura, ojos verdes, postura virginal en un diván que invita al amor pero que ella aparta de su pecado como una primeriza del amor y vuelve loco a un abogado que no tiene más que su prestigio, lo demás, lo más importante, hace tiempo que lo perdió entre la cocina y la alcoba (“estaba tan perdida en la cocina como en el dormitorio”). Y todo por un chulo mal nacido que la trata como la vida misma trata a Edna, perdida en una calle en la que David Goodis te mete para restregarte la fealdad del universo de los perdedores. Elena de Troya, Penélope están a la vuelta de la esquina donde la china acaba de ser violada y cada uno de esos hombres, con rostros agujereados por la existencia a lo Richard Widmark o a lo Sterling Hayden buscan Itaca.
En esa literatura negra, verdadera sinfonía de vivencias, hay otras heroínas menos pudientes en amor. Que ni siquiera tenían las hebras del pelo rubias, color del pecado, de la conquista durante todos los años que duró nuestra infancia. Eran las que nunca ganarían nada ni a nadie porque, sentencia una amiga mía, tenían piñón fijo en los ojos y eran incapaces de guiñarle a la vida. Como aquel Paul al que Goodis ejecuta sin piedad, tal vez porque la piedad no era cosa de hombres, porque los duros no bailan: “…de estatura media, muy delgado, tenía una historia de treinta años de no ser nada en absoluto”. A Sartre se le caerían las lágrimas. Sí, hijo, sí, porque mata más la soledad que el alcohol reliado con el tabaco.
Mientras buscaba mujercitas me quedé tiritando al leer un libro que ni siquiera sabía que existía, La vida perra de Juanita Narboni, de un tangerino español llamado Ángel Vázquez y publicado en 1962. Es un largo, doloroso, excepcional calvario que entre risas y lágrimas vive Juanita, en un interminable monólogo hasta la locura. Una mujer que, como todas, probablemente fue bella a su manera. Pero Juanita fue quedándose sola en el Tánger que de internacional pasaría a ser un cacho más de Marruecos, sin ni siquiera dar con un chulo que le calentase el alma. Y desde la primera a la última página es una reflexión que encoge el hígado: “…la gente pobre siempre se muere… Las carcajadas de éstas no son normales. Son carcajadas uterinas. No es alcohólico, maricón a secas… Es la cabecita de un cojín… De virginal nada, en todo caso, vaginal…”
A mí Tánger me había hecho descubrir el cine como amor, como referencia de mis andares. Y a Ángel Vázquez aparentemente le pasaba otro tanto de lo mismo. Gran parte de los pensamientos de su Juanita reposa sobre personajes, títulos o situaciones de películas de las que ella nutría su desesperanza. Y llega un momento en que se rebela: “¡Mierda de cine, el daño que le ha hecho a una!”.
Y sigue, prosigue, no para, el rutilante monólogo: “Hueles a pecado mortal de necesidad… Que hasta el dolor en casa ha sido siempre una alegría”.
Ahora, ya al fin de mis mujercitas, me tropiezo en una televisión con la mujer que mejor ha hablado del amor para los humildes, los desesperados de la vida, Corin Tellado, española y asturiana por la que un día Gabriel García Márquez confesó su admiración. 82 años de vida, 4.000 novelas rosa publicadas, la más vendida en español. Y se dice sin amor: “En el amor me fue sólo regular. Me separé de mi marido a los dos años. Todo lo demás fueron aventuras pero no volví a enamorarme”.
Y se conforma diciendo que mucha gente es feliz gracias a esas novelitas que hablaban de enamoramientos azotados por el romanticismo más puro.
Me temo que ni James Hadley Chase ni David Goodis pudieron conocerla a tiempo. Se perdieron una gran profesora.
sábado, 3 de mayo de 2008
jueves, 24 de abril de 2008
EL VERDADERO RICK DE CASABLANCA
“George Petty no era un hombre que se emborrachase con frecuencia. Por la misma regla, era un hombre que muy raramente se enfrentaba a la verdad y la reconocía como tal, si se daba el caso de que la verdad resultaba desagradable”.
Lo cuenta Lionel White, autor perfecto de un libro excepcional de la serie negra, The Killing, que los más sólo habrán podido captar en la versión cinematográfica de Stanley Kubrick, Atraco Perfecto.
Esa podría ser la sensación que hubiera tenido Humphrey Bogart de haber sido consciente de que su director, Michael Curtiz, y los guionistas pagados por semana en el Hollywood de todos los desacatos cinematográficos, le traicionaron cuando le convirtieron en el héroe inmortal, culto y apabullante de Casablanca, esa película de la propaganda bélica norteamericana de los años cuarenta que hasta los menos cinéfilos conocen porque los críticos, tan culpables de tantas cosas, la hemos convertido en cultura de comedor. Y hasta los intelectuales piden una y otra vez a Sam que vuelva a tocar aquella melodía zafia para olvidar con una Ingrid Bergman que parece a punto de tener una crisis etílica.
La aventura que cuenta la película nunca pudo ocurrir en Casablanca, porque era protectorado de Francia en Marruecos, gobernada por las mismas ideas colaboracionistas del presidente de Francia, el mariscal Philippe Petain, afincado en la ciudad de Vichy, hasta entonces sólo conocida por sus aguas termales y entonces feudo de lo más políticamente correcto. Ni mucho menos podría haber sido escenario de aquel bar de mangantes, contrabandistas y patriotas ocasionales al mando del cual estaba Rick (Humphrey Bogart), de profesión alcohólico según declara él mismo a un jefazo nazi que le interroga. En aquel Tánger geográficamente cercano a Casablanca, humanamente a leguas de las de Julio Verne, reinó siempre la ley del más fuerte. Lucky Luciano, uno de los grandes de la Mafia norteamericana enriquecido por la Prohibición que los absurdos súbditos norteamericanos se impusieron tenía su cuartel general en el Boulevard Pasteur de Tánger, a dos manzanas de donde yo empezaba a ejercer como periodista en el maravillosos y agradecido semanario Cosmópolis. Mientras yo escribía mi columna semanal por unas pocas de pesetas, muy pocas, pero demasiadas para un principiante, él cerraba negocios multimillonarios para abastecer al mundo de ese sueño en polvo que eran las drogas. Imagínense, pues, lo que sería esa ciudad en plena II Guerra Mundial (1939-1945). Era un puerto al que iba a parar toda la morralla del mundo, incluyendo héroes como Rick. De 1940 ( la guerra civil española terminaba un año antes,) hasta 1945, Tánger era gobernada por España. Y de esa “nueva España” implantada por Francisco Franco, mi padre surgió como un personaje importante que en el Tánger de las dos mil y cuatro noches interminables podría perfectamente haber sido cualquiera. El verdadero Rick, el héroe de Casablanca y finalmente el prototipo de la vida de los héroes perdidos en la guerra, pudo ser ese hombre, militar de alta graduación que se dedicaba al mundo de la alta política en la bruma de la lucha clandestina. En un viejo baúl de madera de roble que sabía a viejo vino de Jerez, su única herencia, encontré constancia de su pertenencia a ese extraño planeta de la baja y sucia política pasada por el agua del colaborador Vichy de todas las traiciones en las que entonces nadaban héroes y traidores, inocentes y truhanes. Era el Tánger de la riquísiiiiiiiiiiiiisima Barbara Hutton, la mujer que más dólares tenía en aquellos años en todo el planeta. Era tan poderosamente glamorosa que en vez de ocultar sus ojos tras gafas negras escondía todo su cuerpo en un palacio de las mil y doscientas noches olvidado en la misteriosa medina tangerina por un notable árabe con el que mi padre (el Rick de mi película) ajustó sangrientas cuentas en una espantosa guerra del Rif a punta de cimitarra afilada por los demonios de la guerra. El Tánger de truhanes simpáticos y mundanos como Errol Flynn, que se paseaba a mamporro limpio con su yate y su esposa, Patricia Wymore, encontrada en una película de indios donde hasta se podía morir con las botas puestas. El Tánger de gente generosa como el comisario que me permitió huir en un mercante antes de que la ciudad fuese para mí una irrespirable jungla de asfalto. El Tánger de las mil culturas y de las tres religiones, hechas de inteligencia y bondad.
“Cuando ya caída la noche se retiraba a sus apartamentos, el General se sentaba en un enorme sillón de cuero verde inglés. Era el único momento del día en que un ordenanza le retiraba las brillantes botas y le ayudaba a quitarse el uniforme. Lo trocaba por un esmoquin blanco copiado de “Casablanca”. Y mientras Sam tocaba una y otra vez aquellas notas inmortalizadas por la propaganda militar norteamericana, que salían en el palacete a través de altavoces incrustados estratégicamente en las paredes, un camarero ataviado como los del bar de Rick le traía una botella de Johnny Walker, siempre acorchada, nunca la misma –unos decían que era por superstición y otros pretendían que por miedo a ser envenenado—y una botella de Perrier, un agua en botella verde que le mandaban especialmente desde Francia…”.
Un viejo amigo y compañero, Bertrand C. Bellaigue, que pasó media vida en Casablanca, me ha confirmado que en esa ciudad nunca hubiese existido Rick ni nadie que se le pareciese. Me repite que en la época en que transcurre la acción de la película de Curtiz, Casablanca era una ciudad de provincia francesa regida por el petinismo. La alborotada, la alborozada, la no políticamente correcta era Tánger, adonde él mandaba los dólares ganados mensualmente en una agencia de prensa norteamericana en Casablanca para que intermediarios se los cambiaran en el Zoco Chico de Tánger, donde todo era posible. En medio de los puestos de hortalizas, frutas y fumadores de kifi, el hachís marroquí que se degustaba en simpáticas reuniones de amigos. Al lado existía una red de cambistas que todas las mañanas, en cuanto que los principales mercados monetarios del mundo abrían sus apuestas, aparecían llevando a cuestas abigarrados mostradores portátiles que colocaban allí en medio como un puesto más. En segundos conectaban sus teléfonos, salidos de alforjas misteriosas y en menos de lo que cantaba un muecín estaban en contacto y cuatro lenguas con las bolsas del mundo entero y empezaba el diario tráfico con cualquier moneda conocida.
También recuerda Bellaigue que cuando salió Casablanca en las pantallas de Casablanca, la gente consideró que era “una película mediocre, con una historia de amor poco realista y ridícula”. Pero como es imposible escapar al destino ese que David Goodis pinta siempre en la piel de un hombre y en la cabeza de una mujer, Casablanca tiene hoy, más de sesenta años después, un café calcado del de la película. Lo malo es que ya no quedan héroes, ni siquiera medios héroes. Y apenas truhanes de baja estofa que, por lo demás, nunca confesarán que son alcohólicos. Ni por un puñado de guantadas.
Lo cuenta Lionel White, autor perfecto de un libro excepcional de la serie negra, The Killing, que los más sólo habrán podido captar en la versión cinematográfica de Stanley Kubrick, Atraco Perfecto.
Esa podría ser la sensación que hubiera tenido Humphrey Bogart de haber sido consciente de que su director, Michael Curtiz, y los guionistas pagados por semana en el Hollywood de todos los desacatos cinematográficos, le traicionaron cuando le convirtieron en el héroe inmortal, culto y apabullante de Casablanca, esa película de la propaganda bélica norteamericana de los años cuarenta que hasta los menos cinéfilos conocen porque los críticos, tan culpables de tantas cosas, la hemos convertido en cultura de comedor. Y hasta los intelectuales piden una y otra vez a Sam que vuelva a tocar aquella melodía zafia para olvidar con una Ingrid Bergman que parece a punto de tener una crisis etílica.
La aventura que cuenta la película nunca pudo ocurrir en Casablanca, porque era protectorado de Francia en Marruecos, gobernada por las mismas ideas colaboracionistas del presidente de Francia, el mariscal Philippe Petain, afincado en la ciudad de Vichy, hasta entonces sólo conocida por sus aguas termales y entonces feudo de lo más políticamente correcto. Ni mucho menos podría haber sido escenario de aquel bar de mangantes, contrabandistas y patriotas ocasionales al mando del cual estaba Rick (Humphrey Bogart), de profesión alcohólico según declara él mismo a un jefazo nazi que le interroga. En aquel Tánger geográficamente cercano a Casablanca, humanamente a leguas de las de Julio Verne, reinó siempre la ley del más fuerte. Lucky Luciano, uno de los grandes de la Mafia norteamericana enriquecido por la Prohibición que los absurdos súbditos norteamericanos se impusieron tenía su cuartel general en el Boulevard Pasteur de Tánger, a dos manzanas de donde yo empezaba a ejercer como periodista en el maravillosos y agradecido semanario Cosmópolis. Mientras yo escribía mi columna semanal por unas pocas de pesetas, muy pocas, pero demasiadas para un principiante, él cerraba negocios multimillonarios para abastecer al mundo de ese sueño en polvo que eran las drogas. Imagínense, pues, lo que sería esa ciudad en plena II Guerra Mundial (1939-1945). Era un puerto al que iba a parar toda la morralla del mundo, incluyendo héroes como Rick. De 1940 ( la guerra civil española terminaba un año antes,) hasta 1945, Tánger era gobernada por España. Y de esa “nueva España” implantada por Francisco Franco, mi padre surgió como un personaje importante que en el Tánger de las dos mil y cuatro noches interminables podría perfectamente haber sido cualquiera. El verdadero Rick, el héroe de Casablanca y finalmente el prototipo de la vida de los héroes perdidos en la guerra, pudo ser ese hombre, militar de alta graduación que se dedicaba al mundo de la alta política en la bruma de la lucha clandestina. En un viejo baúl de madera de roble que sabía a viejo vino de Jerez, su única herencia, encontré constancia de su pertenencia a ese extraño planeta de la baja y sucia política pasada por el agua del colaborador Vichy de todas las traiciones en las que entonces nadaban héroes y traidores, inocentes y truhanes. Era el Tánger de la riquísiiiiiiiiiiiiisima Barbara Hutton, la mujer que más dólares tenía en aquellos años en todo el planeta. Era tan poderosamente glamorosa que en vez de ocultar sus ojos tras gafas negras escondía todo su cuerpo en un palacio de las mil y doscientas noches olvidado en la misteriosa medina tangerina por un notable árabe con el que mi padre (el Rick de mi película) ajustó sangrientas cuentas en una espantosa guerra del Rif a punta de cimitarra afilada por los demonios de la guerra. El Tánger de truhanes simpáticos y mundanos como Errol Flynn, que se paseaba a mamporro limpio con su yate y su esposa, Patricia Wymore, encontrada en una película de indios donde hasta se podía morir con las botas puestas. El Tánger de gente generosa como el comisario que me permitió huir en un mercante antes de que la ciudad fuese para mí una irrespirable jungla de asfalto. El Tánger de las mil culturas y de las tres religiones, hechas de inteligencia y bondad.
“Cuando ya caída la noche se retiraba a sus apartamentos, el General se sentaba en un enorme sillón de cuero verde inglés. Era el único momento del día en que un ordenanza le retiraba las brillantes botas y le ayudaba a quitarse el uniforme. Lo trocaba por un esmoquin blanco copiado de “Casablanca”. Y mientras Sam tocaba una y otra vez aquellas notas inmortalizadas por la propaganda militar norteamericana, que salían en el palacete a través de altavoces incrustados estratégicamente en las paredes, un camarero ataviado como los del bar de Rick le traía una botella de Johnny Walker, siempre acorchada, nunca la misma –unos decían que era por superstición y otros pretendían que por miedo a ser envenenado—y una botella de Perrier, un agua en botella verde que le mandaban especialmente desde Francia…”.
Un viejo amigo y compañero, Bertrand C. Bellaigue, que pasó media vida en Casablanca, me ha confirmado que en esa ciudad nunca hubiese existido Rick ni nadie que se le pareciese. Me repite que en la época en que transcurre la acción de la película de Curtiz, Casablanca era una ciudad de provincia francesa regida por el petinismo. La alborotada, la alborozada, la no políticamente correcta era Tánger, adonde él mandaba los dólares ganados mensualmente en una agencia de prensa norteamericana en Casablanca para que intermediarios se los cambiaran en el Zoco Chico de Tánger, donde todo era posible. En medio de los puestos de hortalizas, frutas y fumadores de kifi, el hachís marroquí que se degustaba en simpáticas reuniones de amigos. Al lado existía una red de cambistas que todas las mañanas, en cuanto que los principales mercados monetarios del mundo abrían sus apuestas, aparecían llevando a cuestas abigarrados mostradores portátiles que colocaban allí en medio como un puesto más. En segundos conectaban sus teléfonos, salidos de alforjas misteriosas y en menos de lo que cantaba un muecín estaban en contacto y cuatro lenguas con las bolsas del mundo entero y empezaba el diario tráfico con cualquier moneda conocida.
También recuerda Bellaigue que cuando salió Casablanca en las pantallas de Casablanca, la gente consideró que era “una película mediocre, con una historia de amor poco realista y ridícula”. Pero como es imposible escapar al destino ese que David Goodis pinta siempre en la piel de un hombre y en la cabeza de una mujer, Casablanca tiene hoy, más de sesenta años después, un café calcado del de la película. Lo malo es que ya no quedan héroes, ni siquiera medios héroes. Y apenas truhanes de baja estofa que, por lo demás, nunca confesarán que son alcohólicos. Ni por un puñado de guantadas.
jueves, 17 de abril de 2008
GEORGE CLOONEY Y SAN AGUSTIN
A través del teleobjetivo estaba viviendo los preparativos del vuelo de los terroristas alrededor de un avion de Iraki Airways, que las autoridades les cedían para evitar que varios embajadores de países árabes en París tuviesen opción para viajar al paraíso de Alá.
Tirado sobre el viejo tejado rojo del aeropuerto del Bourget, el más pequeño de la capital francesa, fotografiaba con mi Canon las incidencias de lo que se anunciaba como uno de los secuestros políticos más sensacionales de los últimos años. Corrían tiempos de feyadines y ansias de liberación. Soplaban tempestades de arena de locura.
Quince minutos antes, los terroristas, de los que sólo conseguía distinguir bellos ojos negros y amenazadoras metralletas, llegaban al Bourget a bordo de un minibús con cortinillas negras. Llevaba un rato tomando fotos desde el tejadillo que desembocaba a sólo un centenar de metros del avión cuando un susurro terroríficamente marcial me llegó al oído izquierdo: “Tournez-vous, doucement” (Dese la vuelta, despacio). Desde mi gallinero, y por uno de esos juegos estúpidos de la imaginación, recordé fugazmente a James Stewart en su ventana indiscreta con un teleobjetivo como el mío y a Grace Kelly vestida como para asistir a un cóctel en la embajada de Gran Bretaña antes de que perdieran las Indias y las Áfricas. Mis ojos dejaron de parpadear sin necesitar ningún acuerdo previo. Y quedaron fascinados con un agujero infinitamente negro e interminablemente largo. Segundos después, cuando las pilas de mi cerebro volvieron a funcionar, reconocí el cañón de un 357 Magnum, el calibre de revólver más preciso y mortal del momento, capaz de convertir de un solo disparo una sandía en un rico zumo como el que años más tarde degustaría, no sin cierta aprehensión por el recuerdo, en la Rua Mexico de Rio de Janeiro. Un siniestro chisme del que semanas atrás me había contado mil bondades el Capitán Christian Prouteau, jefe del Groupe d’Intervention de la Gendarmerie Nationale (GIGN). Y en aquel mediodía de sol parisiense, el sol que no se parece a ningún otro porque no sabes si llega o se va, uno de los tiradores de elite del GIGN me encañonaba como Harry el sucio, aquel Clint Eastwood de todos los santos. Salvo que yo vivía la realidad y lo otro era cine, cuyos primeros vagidos oyera yo desde el gallinero sucio de una sala de Ceuta, Africa del Norte. Entonces comprendí, y volvía a entenderlo unos veinte años después tirado en el tejado del Bourget, que las películas, como la vida misma, es preferible verlas y vivirlas desde el patio de butacas, y si puede ser con asientos de cuero tanto mejor. Hace unos cortos años, olvidadizo de mis principios y de mis miedos, en un rapto de locura transitoria aunque tal vez de enamoramiento repentino, me dejé encerrar en la parte alta del cine Rex de París para, me prometieron, poder recrearme con una visión inédita de La guerra de las estrellas. Viví tres horas más aterrorizado que aquel piloto de guerra que tenía que pilotar un Boeing y aterrizar como pudiese en una divertida parodia de película catastrófica. Y a punto estuvieron de tener que rescatarme. Yo me abrazaba a mi butaca como sólo se abraza a una madre, en una extraña posición fetal y con los ojos sellados por el miedo. Por fin, una acomodadora, auténtica copia de Natacha Kinski de su época gloriosa de Tess, consiguió arrastrarme hasta la acera de los bulevares. A modo de recompensa, me prometió que nos veríamos aquella misma noche en el cercano bar Le Richelieu, pero nunca apareció. Cosas de cine aunque hay días demasiado terribles como para dejar de fumar, que dialogaba consigo mismo aquel otro controlador aéreo.
Dicen que va a llover. El mar de Fuengirola, metido en lo más hondo del sur de España, está lechosamente tranquilo. Dos frágiles traiñas pescan lo que pueden, que no debe de ser mucho, casi en la arena de la playa. No hay Georges Cloony que valga ni peces espada que me ladren y me acompañen en la ceremonia de mi descafeinado con leche. Un hamaquero va repartiendo gotas de sudor tan gordas como las gotas de miedo que Georges Clouzot filmaba en planos muy cortos en los rostros de Yves Montad y de Charles Vanel. Se lo jugaban todo por un salario de miedo o de otra cosa, como el orgullo. Que vaya usted a saber. Para consolarme, una amiga lectora, que tiene una mijita de piedad y muchos kilos de ironía, me asegura que fui un niño feliz por haber podido contemplar el mundo desde la perspectiva del gallinero. Pero, qué quieren que les diga, odio todos los gallineros del mundo, incluso los que pudiesen contener focas de Brigitte Bardot. Y me importa un comino que en el siglo XIX a ese patio de butacas del pobre le llamaran en los teatros franceses “el paraíso”. San Agustín, que dicen fue el más grande de todos los santos que pudo parir Argelia, y no tengo ni idea de cuántos serían, tuvo que sufrir de chiquitito algún suplicio parecido al mío para llegar a mayor diciendo que la verdad es según se mire: la que nos permite aprender cosas y la otra, esa terrible que nos saca a la superficie lo que no querríamos saber nunca, ni siquiera en una de esas pesadillas en technicolor que me brinda de vez en cuando el nocturno Stilnox con chocolate.
A los 17 años, en la ciudad internacional de Tánger, el periódico que tan generosamente contrató mi ingenuidad como comentarista de cine, “Cosmópolis”, me permitió por primera vez estirar las piernas en un patio de butacas. Y entonces comprendí que el buen cine está reñido con la miseria de las alturas, con el olor a cáscaras de pipas caducadas y a preservativos de ocasión. El buen cine, y hasta el malo, hay que degustarlo como el buen licor, en el mejor de los vasos, de preferencia en copas fabricadas en Murano.
Debería de llover. A veces, la lluvia alivia los ardores del alma.
Tirado sobre el viejo tejado rojo del aeropuerto del Bourget, el más pequeño de la capital francesa, fotografiaba con mi Canon las incidencias de lo que se anunciaba como uno de los secuestros políticos más sensacionales de los últimos años. Corrían tiempos de feyadines y ansias de liberación. Soplaban tempestades de arena de locura.
Quince minutos antes, los terroristas, de los que sólo conseguía distinguir bellos ojos negros y amenazadoras metralletas, llegaban al Bourget a bordo de un minibús con cortinillas negras. Llevaba un rato tomando fotos desde el tejadillo que desembocaba a sólo un centenar de metros del avión cuando un susurro terroríficamente marcial me llegó al oído izquierdo: “Tournez-vous, doucement” (Dese la vuelta, despacio). Desde mi gallinero, y por uno de esos juegos estúpidos de la imaginación, recordé fugazmente a James Stewart en su ventana indiscreta con un teleobjetivo como el mío y a Grace Kelly vestida como para asistir a un cóctel en la embajada de Gran Bretaña antes de que perdieran las Indias y las Áfricas. Mis ojos dejaron de parpadear sin necesitar ningún acuerdo previo. Y quedaron fascinados con un agujero infinitamente negro e interminablemente largo. Segundos después, cuando las pilas de mi cerebro volvieron a funcionar, reconocí el cañón de un 357 Magnum, el calibre de revólver más preciso y mortal del momento, capaz de convertir de un solo disparo una sandía en un rico zumo como el que años más tarde degustaría, no sin cierta aprehensión por el recuerdo, en la Rua Mexico de Rio de Janeiro. Un siniestro chisme del que semanas atrás me había contado mil bondades el Capitán Christian Prouteau, jefe del Groupe d’Intervention de la Gendarmerie Nationale (GIGN). Y en aquel mediodía de sol parisiense, el sol que no se parece a ningún otro porque no sabes si llega o se va, uno de los tiradores de elite del GIGN me encañonaba como Harry el sucio, aquel Clint Eastwood de todos los santos. Salvo que yo vivía la realidad y lo otro era cine, cuyos primeros vagidos oyera yo desde el gallinero sucio de una sala de Ceuta, Africa del Norte. Entonces comprendí, y volvía a entenderlo unos veinte años después tirado en el tejado del Bourget, que las películas, como la vida misma, es preferible verlas y vivirlas desde el patio de butacas, y si puede ser con asientos de cuero tanto mejor. Hace unos cortos años, olvidadizo de mis principios y de mis miedos, en un rapto de locura transitoria aunque tal vez de enamoramiento repentino, me dejé encerrar en la parte alta del cine Rex de París para, me prometieron, poder recrearme con una visión inédita de La guerra de las estrellas. Viví tres horas más aterrorizado que aquel piloto de guerra que tenía que pilotar un Boeing y aterrizar como pudiese en una divertida parodia de película catastrófica. Y a punto estuvieron de tener que rescatarme. Yo me abrazaba a mi butaca como sólo se abraza a una madre, en una extraña posición fetal y con los ojos sellados por el miedo. Por fin, una acomodadora, auténtica copia de Natacha Kinski de su época gloriosa de Tess, consiguió arrastrarme hasta la acera de los bulevares. A modo de recompensa, me prometió que nos veríamos aquella misma noche en el cercano bar Le Richelieu, pero nunca apareció. Cosas de cine aunque hay días demasiado terribles como para dejar de fumar, que dialogaba consigo mismo aquel otro controlador aéreo.
Dicen que va a llover. El mar de Fuengirola, metido en lo más hondo del sur de España, está lechosamente tranquilo. Dos frágiles traiñas pescan lo que pueden, que no debe de ser mucho, casi en la arena de la playa. No hay Georges Cloony que valga ni peces espada que me ladren y me acompañen en la ceremonia de mi descafeinado con leche. Un hamaquero va repartiendo gotas de sudor tan gordas como las gotas de miedo que Georges Clouzot filmaba en planos muy cortos en los rostros de Yves Montad y de Charles Vanel. Se lo jugaban todo por un salario de miedo o de otra cosa, como el orgullo. Que vaya usted a saber. Para consolarme, una amiga lectora, que tiene una mijita de piedad y muchos kilos de ironía, me asegura que fui un niño feliz por haber podido contemplar el mundo desde la perspectiva del gallinero. Pero, qué quieren que les diga, odio todos los gallineros del mundo, incluso los que pudiesen contener focas de Brigitte Bardot. Y me importa un comino que en el siglo XIX a ese patio de butacas del pobre le llamaran en los teatros franceses “el paraíso”. San Agustín, que dicen fue el más grande de todos los santos que pudo parir Argelia, y no tengo ni idea de cuántos serían, tuvo que sufrir de chiquitito algún suplicio parecido al mío para llegar a mayor diciendo que la verdad es según se mire: la que nos permite aprender cosas y la otra, esa terrible que nos saca a la superficie lo que no querríamos saber nunca, ni siquiera en una de esas pesadillas en technicolor que me brinda de vez en cuando el nocturno Stilnox con chocolate.
A los 17 años, en la ciudad internacional de Tánger, el periódico que tan generosamente contrató mi ingenuidad como comentarista de cine, “Cosmópolis”, me permitió por primera vez estirar las piernas en un patio de butacas. Y entonces comprendí que el buen cine está reñido con la miseria de las alturas, con el olor a cáscaras de pipas caducadas y a preservativos de ocasión. El buen cine, y hasta el malo, hay que degustarlo como el buen licor, en el mejor de los vasos, de preferencia en copas fabricadas en Murano.
Debería de llover. A veces, la lluvia alivia los ardores del alma.
viernes, 4 de abril de 2008
PARA TODOS MIS LECTORES
A algunos y a algunas de los que tenéis la gentileza de leer mis cosas os ha sido imposible insertar vuestros comentarios en mi blog. Lo entiendo porque yo también lo he intentado y parece misión imposible. Hasta que se descubra el modo de romper esa barrera informática, mil gracias por vuestros parabienes y también por alguna que otra bronca.
lunes, 31 de marzo de 2008
EL MENDIGO DE BUÑUEL
Luis Buñuel habría podido meterle sin remilgos ni pecados en más de una película suya. Es un mendigo que encontré nada más llegar a Fuengirola, un pueblo con resabios de pescador antiguo reconvertido en otras faenas menos penosas. Cuando llegas a estas playas del sur de España, descubres que por fin has llegado. Termina Europa y el mar te ofrece la posibilidad de ir a África y hasta a América.
El mendigo, por razones que por supuesto nunca sabré, porque ya se sabe que cada hombre es un mundo y cada mujer un universo, también había aterrizado en el Paseo, que abraza al mar con playas infinitas como las piernas de Esther Williams cuando desafiaba al mundo desde el agua de una piscina donde a veces sus chapuzones eran jaleados por los violines de Xavier Cugat.
El hombre, perdido en esa frontera de la edad para la que de poco sirven los números, había establecido su cuartel general en un rincón con impresionantes vistas al Mar Mediterráneo, auténtica sopa de pollo que sólo de vez en cuando se transforma en hirviente y suntuoso cocido. Arrastraba un carrito de compras de supermercado rebosante de mil cachivaches. Arrastraba su casa y cada objeto debía de tener un sentido para él. Cada cachivache seguramente representaba algo más que basura.
El carricoche era su particular cueva de Alí Babá. Se sentaba en un banco de hierro, que no debía ni sentir porque iba forrado, invierno como verano, con varias capas de ropa de abrigo que coronaba una gorra como la que llevaba el héroe de La conjura de los necios. Para meterse en ese personaje le hubiese sobrado la vista, que tenía aguda y afilada, y le faltaba una pistola para poderse colar en el surrealista mundo de Chester Himes. Tal vez le sobrase también entonces la barba negra y fina.
Suenan trompetas repletas de infinita alegría liberadora adornada con azulejos arrancados de la árabe Alhambra perdidos en el universo de los gitanos de cobre de Emir Kusturica que siempre te retraen a Río Bravo y a un John Wayne que todavía se chuleaba de la vida.
Un día intenté hablarle al mendigo de Buñuel. Me fijó con dos ojos cargados de una infinita cerrazón de incomprensión. Justificó un enorme palo que nunca le abandonaba por una pierna enferma a punto de gangrena. No me habló más y volví a mi caminata seguro de haberle visto antes de aquella mañana de yodo marino. Al día siguiente seguía en su banco mirando al mar, como si esperase al Poseidón con su carga de millonarios a punto de naufragar o a los insoportables pasajeros de Vacaciones en el mar. De pronto le recordé como si hubiese sido ese ayer que se nos cuela en el cerebro hasta hacer agujeros negros de los que no podemos defendernos ni desembarazarnos. Son el castigo del pasado. Él y , lo juraría sin vacilar, con la fe que casi nunca se tiene más que en los deseos menos confesables, nos habíamos cruzado meses antes en una carretera de Brasilia, la capital de Brasil que sólo los brasileños saben que no existe. Se apoyaba en la misma gancha y su pierna se arrastraba por la arena rojiza del arcén de una de las mil carreteras cuajadas de sabrosos mangos caídos como el pecado original que ni los pobres se agachan para recoger.
Ahora le espero desde hace meses. Cada vez que paso por lo que fue su cuartel general echo un vistazo con la ilusión de volver a ver el carrito. Nadie sabe nada de él ni sus vecinos, dos niños fundidos en metal verde que hacen un eterno castillo en la arena del Paseo. No ha vuelto a su banco de hierro colado, que de vez en cuando sirve ahora a algún turista como mirador.
Han pasado los días y empezaron las procesiones de Semana Santa. Y entonces, en medio de la bullanguera música de la banda del pueblo, he vuelto a ver a mi mendigo. Estaba encaramado en lo alto de uno de los pasos procesionales. Le reconocí en el momento, nada más contemplar el rostro de madera tallada de una imagen del Jesús de los gitanos, cuando ya Don Poncio Pilato se había ensuciado las manos para la eternidad del nunca jamás. Y preguntaba Antonio Machado que quién le prestaba una escalera,”para subir al madero,para quitarle los clavosa Jesús el Nazareno?”
Y como un fandango acompañado por la armónica rutilante de Ennio Morricone, que nos quiten los clavos del alma, esos que apenas nos dejan resollar porque así están las cosas de la vida y del querer. Si te espabilas azorado en la madrugada porque sabes que tu alma está partía, que el pudor de mocito viejo no te impida suplicar la caridad de una mijita de cariño. Cualquier mujer es capaz de regalarte un beso o un abrazo de misericordia. Todas llevan dentro del pecho algo de la María Magdalena que hace más de dos mil años consoló al hombre que los caciques de siempre terminaron clavando en dos maderos. Dos cachos de tronco que se convirtieron en el símbolo que más fe hace correr por el mundo.
El mendigo, por razones que por supuesto nunca sabré, porque ya se sabe que cada hombre es un mundo y cada mujer un universo, también había aterrizado en el Paseo, que abraza al mar con playas infinitas como las piernas de Esther Williams cuando desafiaba al mundo desde el agua de una piscina donde a veces sus chapuzones eran jaleados por los violines de Xavier Cugat.
El hombre, perdido en esa frontera de la edad para la que de poco sirven los números, había establecido su cuartel general en un rincón con impresionantes vistas al Mar Mediterráneo, auténtica sopa de pollo que sólo de vez en cuando se transforma en hirviente y suntuoso cocido. Arrastraba un carrito de compras de supermercado rebosante de mil cachivaches. Arrastraba su casa y cada objeto debía de tener un sentido para él. Cada cachivache seguramente representaba algo más que basura.
El carricoche era su particular cueva de Alí Babá. Se sentaba en un banco de hierro, que no debía ni sentir porque iba forrado, invierno como verano, con varias capas de ropa de abrigo que coronaba una gorra como la que llevaba el héroe de La conjura de los necios. Para meterse en ese personaje le hubiese sobrado la vista, que tenía aguda y afilada, y le faltaba una pistola para poderse colar en el surrealista mundo de Chester Himes. Tal vez le sobrase también entonces la barba negra y fina.
Suenan trompetas repletas de infinita alegría liberadora adornada con azulejos arrancados de la árabe Alhambra perdidos en el universo de los gitanos de cobre de Emir Kusturica que siempre te retraen a Río Bravo y a un John Wayne que todavía se chuleaba de la vida.
Un día intenté hablarle al mendigo de Buñuel. Me fijó con dos ojos cargados de una infinita cerrazón de incomprensión. Justificó un enorme palo que nunca le abandonaba por una pierna enferma a punto de gangrena. No me habló más y volví a mi caminata seguro de haberle visto antes de aquella mañana de yodo marino. Al día siguiente seguía en su banco mirando al mar, como si esperase al Poseidón con su carga de millonarios a punto de naufragar o a los insoportables pasajeros de Vacaciones en el mar. De pronto le recordé como si hubiese sido ese ayer que se nos cuela en el cerebro hasta hacer agujeros negros de los que no podemos defendernos ni desembarazarnos. Son el castigo del pasado. Él y , lo juraría sin vacilar, con la fe que casi nunca se tiene más que en los deseos menos confesables, nos habíamos cruzado meses antes en una carretera de Brasilia, la capital de Brasil que sólo los brasileños saben que no existe. Se apoyaba en la misma gancha y su pierna se arrastraba por la arena rojiza del arcén de una de las mil carreteras cuajadas de sabrosos mangos caídos como el pecado original que ni los pobres se agachan para recoger.
Ahora le espero desde hace meses. Cada vez que paso por lo que fue su cuartel general echo un vistazo con la ilusión de volver a ver el carrito. Nadie sabe nada de él ni sus vecinos, dos niños fundidos en metal verde que hacen un eterno castillo en la arena del Paseo. No ha vuelto a su banco de hierro colado, que de vez en cuando sirve ahora a algún turista como mirador.
Han pasado los días y empezaron las procesiones de Semana Santa. Y entonces, en medio de la bullanguera música de la banda del pueblo, he vuelto a ver a mi mendigo. Estaba encaramado en lo alto de uno de los pasos procesionales. Le reconocí en el momento, nada más contemplar el rostro de madera tallada de una imagen del Jesús de los gitanos, cuando ya Don Poncio Pilato se había ensuciado las manos para la eternidad del nunca jamás. Y preguntaba Antonio Machado que quién le prestaba una escalera,”para subir al madero,para quitarle los clavosa Jesús el Nazareno?”
Y como un fandango acompañado por la armónica rutilante de Ennio Morricone, que nos quiten los clavos del alma, esos que apenas nos dejan resollar porque así están las cosas de la vida y del querer. Si te espabilas azorado en la madrugada porque sabes que tu alma está partía, que el pudor de mocito viejo no te impida suplicar la caridad de una mijita de cariño. Cualquier mujer es capaz de regalarte un beso o un abrazo de misericordia. Todas llevan dentro del pecho algo de la María Magdalena que hace más de dos mil años consoló al hombre que los caciques de siempre terminaron clavando en dos maderos. Dos cachos de tronco que se convirtieron en el símbolo que más fe hace correr por el mundo.
BUKOWSKI EN LA PLAYA
Qué verde pudo ser su último valle, sin pelirroja Maureen O’Hara que le afeara la penúltima borrachera, si Charles Bukowski hubiera conocido mi Andalucía, reserva sureña española de la luz más impresionista, perfecta para un despertar de dolce vita.
Los dos nos habríamos encaramados, como simios mareados, en esos tremebundos taburetes de bar; que nunca se sabe si son muy altos o uno demasiado bajo. Dilema enajenante. Una vez que has conseguido dejarte caer en asientos talla 36 a condición de ser anoréxico, el reborde de mullido plástico negro del mostrador huele a delicioso guante de enfermera emperrada en comprobar el estado de tus amígdalas posteriores. El farmacéutico, bueno el tabernero, te ofrece zumos de plantas que alivian el resfriado del alma y, dependiendo del pulso del mancebo, puedes llegar a creer que la vida es bella. Y hasta confundir a tu vecino de barra con Walter Pidgeon sonrisa de Hollywood en ristre, que vaya usted a saber lo que habrá sido de ella. Mi vecino, que ha oído mi pensamiento, porque los bebedores suelen tener oreja acerada de tísico pasado de rosca, como los que dejaba morir el Dr. Thomas Mann, me silba a lo Sergio Leone entre sus desiguales dientes caninos, heredados de su abuelo paterno, que en paz descanse, que él preferiría la compañía de Maureen O’Hara. En lugar de haberse ido en 1994, a los 73 años de edad, en un sitio llamado San Pedro, afuera de Los Ángeles de Estados Unidos, que a mí me da que es soberanamente aburrido, podría haber pasado ahora alguna tarde conmigo en este bar, aunque sea muy cierto que “terminamos nuestra vida en la soledad y en la locura”. Símbolo del realismo sucio, dicen los ilustrados, como si la realidad y el realismo, ni siquiera con el neorrealismo, hubiesen sido alguna vez limpios y agradables, escribió libros como Cartero, relato alucinante sobre la condición de un repartidor de cartas en Estados Unidos, tan pavorosa como la del repartidor de telegramas contada por Henry Millar a lo largo de varios libros que constituyen la apoteosis literario del realismo pornográfico, Charles Bukowski fue también escritor de sexo de armas tomar con escritos que se llaman Women o La máquina de follar, un clásico del género.
Mi bar se encuentra en Fuengirola y allí echan anclas, como Frank Sinatra en Un día en Nueva York, primos lejanos de Bukowski, extranjeros de países del centro y del norte perdido de Europa que acuden a las más profundas de las playas europeas, en busca del sol generoso que no escatima la luminosidad. Una luz que habría curado la locura del norteño Van Gogh. El alcohol es el más barato de Europa, lo que se agradece en momentos de crisis económica mundial y atrae las buenas voluntades. En mi bar de Cola light –el güisqui con cine exige el recogimiento de la intimidad de alcoba, donde un beso sabe a fresones de Almería arrancados por manos de mocita guapa del Este de Europa--, la parte izquierda del mostrador se hunde de pronto, como una puesta de sol en el trópico, en una penumbra parpadeante de película negra con Edward G. Robinson fumando un inmenso puro largo y recién llegado del rodaje de un filme biblico con túnica y todo, y allí surge una cocina chiquitita de la que sale la mejor tortilla de patata de toda la Costa del Sol. Es un auténtico caviar de la huerta, desconocido en el resto del universo. Entre una copa de ginebra y un pincho de tortilla, Bukowski me habría repetido cosas como ésta que sale de Women, sencillamente porque la gente que escribe recurre siempre a las mismas monsergas: “Cuando yo era joven, siempre estaba deprimido. Pero a esa edad, el suicidio me parecía absurdo. No había mucho que matar. Por mucho que dijeran, era agradable ser viejo. Me parecía normal que un hombre tuviese que esperar hasta tener por lo menos cincuenta años antes de escribir algo que mereciera la pena”.
Otro día, después de haberle llevado a la iglesia que se encuentra casi frente al bar, le presentaría al noruego que suele empezar sus díasnoches con una botella de vino blanco, aunque nada tenga que ver con el exquisito Chardonnay con el que yo me enjuago la boca en días de paz y sosiego, y para cuando se pone el sol ya ha liquidado una botella de vodka. Es uno de los muchos representantes de una generación perdida en un mundo de globalización turística demencial. Ninguna relación con la generación perdida de Don Ernesto Hemingway, que en lugar de vodka alimentaba los gusanillos de su neura con café con leche de un bistrot con estufa de leña en la calle Mouffetard de París. Y en momentos gloriosos con champaña del Ritz. No le faltaba más que los diamantes y un canapé para parecerse a Audrey Hepburn con boquilla interminablemente elegante.
Aquí en la Costa del Sol estamos tan perdidos que no tenemos ni generación. Tanto que llevo una temporada larga alternando el Johnny Walker con cine, el descafeinado con leche de las mañanas de trabajo en la playa y la Cola Light en botella de 20 cl. Me lo ha recomendado un amigo médico que cree que lo sabe todo. Insiste en que estas dosis pueden ser mortales. Pero nunca se acuerda que va a morirse.
Seguro que al terrible Bukowski le habría encantado conocer a la virginal Marianela, una chiquilla que con 16 años de belleza descrita como fealdad graciosa o disimulada (¿le habría servido la pierna hueca de Frida Kahlo?) estaba enamorada de un ciego que resultó ser infinitamente más cruel que el que encarnaba Vittorio Gassman y luego Al Pacino en Perfume de mujer. Marianela la pobre de solemnidad era la inseparable e indispensable acompañante del pudiente ciego maldito, probablemente señorito mezcla de Gassman y Pacino, que la amó mientras fue ciego de no ver ni para reírse y un confundido benefactor de la humanidad tuvo la sinrazón ocurrente de devolverle la vista en una operación mágica. Entonces se le acabó el enamoramiento a lo Gary Cooper de Por quién doblas las campanas y el malvado invidente, que así hubiese debido continuar, de enamoró de una guapa prima, lo primero que vio cuando salió de las tinieblas que tan ganadas se tenía. Y la niña Marianela murió de un infarto fulminante de amor. Así lo cuenta Don Benito Pérez Galdós, pedazo de escritor español cuya obra tal vez conocía Bukowski., al que tampoco le habría aburrido acompañarme a una ermita que el amor de una madre hizo construir en un rincón del Paseo Marítimo de Fuengirola. Reza allí: Esta capilla se fundó en el año 1978 por Doña Dolores…. La Virgen de Fátima está rodeada de horrendas flores de plástico, con un singular cartel en el que se lee “Corral del pollo”. Está casi sobre ella. El local vecino inmediato de la ermita fue durante años un restaurante de ricos pollos asados donde unas cuantas noches me sirvió ensalada de alubias un ingeniero aeronáutico de la ex Unión Soviética. Habríamos podido rezar por uno de los más grandes de la ilusión del cine, Richard Widmark, cuya terrorífica sonrisa me parecía la más bella, como la que está estampada en un cuadro de San Francisco jugando con pajarillos debajo de un árbol primitivo que compré una mañana de invierno en Brasilia que, como Andalucía, tiene un color especial.
Los dos nos habríamos encaramados, como simios mareados, en esos tremebundos taburetes de bar; que nunca se sabe si son muy altos o uno demasiado bajo. Dilema enajenante. Una vez que has conseguido dejarte caer en asientos talla 36 a condición de ser anoréxico, el reborde de mullido plástico negro del mostrador huele a delicioso guante de enfermera emperrada en comprobar el estado de tus amígdalas posteriores. El farmacéutico, bueno el tabernero, te ofrece zumos de plantas que alivian el resfriado del alma y, dependiendo del pulso del mancebo, puedes llegar a creer que la vida es bella. Y hasta confundir a tu vecino de barra con Walter Pidgeon sonrisa de Hollywood en ristre, que vaya usted a saber lo que habrá sido de ella. Mi vecino, que ha oído mi pensamiento, porque los bebedores suelen tener oreja acerada de tísico pasado de rosca, como los que dejaba morir el Dr. Thomas Mann, me silba a lo Sergio Leone entre sus desiguales dientes caninos, heredados de su abuelo paterno, que en paz descanse, que él preferiría la compañía de Maureen O’Hara. En lugar de haberse ido en 1994, a los 73 años de edad, en un sitio llamado San Pedro, afuera de Los Ángeles de Estados Unidos, que a mí me da que es soberanamente aburrido, podría haber pasado ahora alguna tarde conmigo en este bar, aunque sea muy cierto que “terminamos nuestra vida en la soledad y en la locura”. Símbolo del realismo sucio, dicen los ilustrados, como si la realidad y el realismo, ni siquiera con el neorrealismo, hubiesen sido alguna vez limpios y agradables, escribió libros como Cartero, relato alucinante sobre la condición de un repartidor de cartas en Estados Unidos, tan pavorosa como la del repartidor de telegramas contada por Henry Millar a lo largo de varios libros que constituyen la apoteosis literario del realismo pornográfico, Charles Bukowski fue también escritor de sexo de armas tomar con escritos que se llaman Women o La máquina de follar, un clásico del género.
Mi bar se encuentra en Fuengirola y allí echan anclas, como Frank Sinatra en Un día en Nueva York, primos lejanos de Bukowski, extranjeros de países del centro y del norte perdido de Europa que acuden a las más profundas de las playas europeas, en busca del sol generoso que no escatima la luminosidad. Una luz que habría curado la locura del norteño Van Gogh. El alcohol es el más barato de Europa, lo que se agradece en momentos de crisis económica mundial y atrae las buenas voluntades. En mi bar de Cola light –el güisqui con cine exige el recogimiento de la intimidad de alcoba, donde un beso sabe a fresones de Almería arrancados por manos de mocita guapa del Este de Europa--, la parte izquierda del mostrador se hunde de pronto, como una puesta de sol en el trópico, en una penumbra parpadeante de película negra con Edward G. Robinson fumando un inmenso puro largo y recién llegado del rodaje de un filme biblico con túnica y todo, y allí surge una cocina chiquitita de la que sale la mejor tortilla de patata de toda la Costa del Sol. Es un auténtico caviar de la huerta, desconocido en el resto del universo. Entre una copa de ginebra y un pincho de tortilla, Bukowski me habría repetido cosas como ésta que sale de Women, sencillamente porque la gente que escribe recurre siempre a las mismas monsergas: “Cuando yo era joven, siempre estaba deprimido. Pero a esa edad, el suicidio me parecía absurdo. No había mucho que matar. Por mucho que dijeran, era agradable ser viejo. Me parecía normal que un hombre tuviese que esperar hasta tener por lo menos cincuenta años antes de escribir algo que mereciera la pena”.
Otro día, después de haberle llevado a la iglesia que se encuentra casi frente al bar, le presentaría al noruego que suele empezar sus díasnoches con una botella de vino blanco, aunque nada tenga que ver con el exquisito Chardonnay con el que yo me enjuago la boca en días de paz y sosiego, y para cuando se pone el sol ya ha liquidado una botella de vodka. Es uno de los muchos representantes de una generación perdida en un mundo de globalización turística demencial. Ninguna relación con la generación perdida de Don Ernesto Hemingway, que en lugar de vodka alimentaba los gusanillos de su neura con café con leche de un bistrot con estufa de leña en la calle Mouffetard de París. Y en momentos gloriosos con champaña del Ritz. No le faltaba más que los diamantes y un canapé para parecerse a Audrey Hepburn con boquilla interminablemente elegante.
Aquí en la Costa del Sol estamos tan perdidos que no tenemos ni generación. Tanto que llevo una temporada larga alternando el Johnny Walker con cine, el descafeinado con leche de las mañanas de trabajo en la playa y la Cola Light en botella de 20 cl. Me lo ha recomendado un amigo médico que cree que lo sabe todo. Insiste en que estas dosis pueden ser mortales. Pero nunca se acuerda que va a morirse.
Seguro que al terrible Bukowski le habría encantado conocer a la virginal Marianela, una chiquilla que con 16 años de belleza descrita como fealdad graciosa o disimulada (¿le habría servido la pierna hueca de Frida Kahlo?) estaba enamorada de un ciego que resultó ser infinitamente más cruel que el que encarnaba Vittorio Gassman y luego Al Pacino en Perfume de mujer. Marianela la pobre de solemnidad era la inseparable e indispensable acompañante del pudiente ciego maldito, probablemente señorito mezcla de Gassman y Pacino, que la amó mientras fue ciego de no ver ni para reírse y un confundido benefactor de la humanidad tuvo la sinrazón ocurrente de devolverle la vista en una operación mágica. Entonces se le acabó el enamoramiento a lo Gary Cooper de Por quién doblas las campanas y el malvado invidente, que así hubiese debido continuar, de enamoró de una guapa prima, lo primero que vio cuando salió de las tinieblas que tan ganadas se tenía. Y la niña Marianela murió de un infarto fulminante de amor. Así lo cuenta Don Benito Pérez Galdós, pedazo de escritor español cuya obra tal vez conocía Bukowski., al que tampoco le habría aburrido acompañarme a una ermita que el amor de una madre hizo construir en un rincón del Paseo Marítimo de Fuengirola. Reza allí: Esta capilla se fundó en el año 1978 por Doña Dolores…. La Virgen de Fátima está rodeada de horrendas flores de plástico, con un singular cartel en el que se lee “Corral del pollo”. Está casi sobre ella. El local vecino inmediato de la ermita fue durante años un restaurante de ricos pollos asados donde unas cuantas noches me sirvió ensalada de alubias un ingeniero aeronáutico de la ex Unión Soviética. Habríamos podido rezar por uno de los más grandes de la ilusión del cine, Richard Widmark, cuya terrorífica sonrisa me parecía la más bella, como la que está estampada en un cuadro de San Francisco jugando con pajarillos debajo de un árbol primitivo que compré una mañana de invierno en Brasilia que, como Andalucía, tiene un color especial.
sábado, 15 de marzo de 2008
Y JIMMY FONTANA CANTABA
Tarareo un bolero que se no acaba pero que terminará un día de cualquier año del siglo final. Antes de que se acabe me gustaría dejar un recado para una dama que mucho ha contado en mi vida. Me reprocha mi incoherencia y mis aspavientos ante la vida que ella sabe difícil pero nunca tan desesperada como yo la pinto. Me he vanagloriado tanto de mis años sesenta de París, cuando Brigitte Bardot apenas había sido creada por Roger Vadim y Johnny Hallyday me miraba con cara de desconfiado en la iglesia de la Trinidad, que ella me dice no entender el malhumor de muchas de mis crónicas.
Mi camarera de esta mañana con niebla de tarot, que dicen los pescadores de este pueblo de Fuengirola, con Sacha Distel y
Luis Miguel cantando para mí solo, le sonríe a una silla de plástico pero yo creo que es a mí. Sus besos caribeños deben de
saber a jabón de Marsella. Su voz te hace un nudo en la garganta. El uniforme azul entrevé la promesa
de unas corvas para la eternidad.
Alguien dirá que es muy facilón tomar como escenario de una vida una ciudad como París que se cuenta por sí sola. Y que no lo es menos pretenderse enamorado de una joya como La Habana Y terminar con el exotismo puro de Brasilia.
Les juro que hubiese preferido no tener nada que hacer en ese particular triángulo de las Bermudas que ha sido el mío y no el de nadie. Y lo peor es que todo lo que cuento –mala costumbre de viejo periodista-- es verdad o casi, aunque la realidad y la fantasía sean conceptos irrisorios que se confunden. Cada uno de nosotros tiene su percepción de la verdad, que cree es la buena. Cada uno de nosotros tiene su fantasía que es lo que nos queda una vez que los años se han encargado de suavizar los recuerdos.
Mi gran suerte es haber sido escribidor cuando el destino me llamó a comparecer. Imagino que de haber sido médico, fontanero o arquitecto no habría sabido cómo enfrentarme a mi puñetera realidad. Ni siquiera hubiese tenido probablemente la idea del último recurso, el de los grandes. Tan grande, tan absoluto, tan definitivo, que todas las religiones lo prohíben.
Intenté huir de mí mismo, lo que ya es correr, tratando de apasionarme por la Revolución cubana. Luego pensé que mi ciudad de siempre, en la que crecí humanamente, París, podría amortajarme. Forcé mucho la solución y he terminado odiándola. Luego tuve la oportunidad de vivir un trozo de mi aventura profesional en Brasilia, que es como decir al margen del mundo estúpido y occidental que nos corroe. Me pareció que ese lugar podría calmar mis rencores, mis penas. Me enamoré de un sitio perdido que chorrea espiritualidad y donde Jesucristo está como en su casa. Pero no hubo milagro Ahora estoy varado en una playa de Andalucía, antiguamente España, en espera de que me toquen el último bolero. Con la esperanza de que algunos tengan a bien corearlo conmigo.
Tenía yo diez años y cuando algo iba mal, por un puñado de calderilla me encaramaba al gallinero del cine Apolo de Ceuta, en un paraíso perdido del norte de África, y rápidamente me encontraba menos angustiado. Randolph Scott, Cary Cooper y hasta Richard Widmark, el duro de entre los duros, que no bailaba, siempre estaban dispuestos a sacarme del mal paso y a hacerme volver a ver la vida en technicolor y pantalla grande. De esas sesiones de autopsicoanálisis de la infancia nació mi pasión por un cine capaz de hacernos mejores o al menos menos malos. Más tarde, cuando se me cayó encima el romanticismo adolescente Doris Day le cantaba desde una lejana cama de sábanas blancas a mis bellos ojos negros, a cuyas pestañas infinitas se agarraba el enamoramiento de mis condiscípulas del instituto.
Una lectora, Monique, de París (Francia) me ha telefoneado para darme quejas de las cosas que digo o cuento en « Otro güisqui con más cine », recopilación de las crónicas que ustedes tienen la suerte de leer de vez en cuando. « No entiendo—me dijo mi comunicante con una exquisita ira—cómo habiendo llevado una vida tan bonita, con la que muchos ni siquiera podemos soñar, te atreves a veces a ser tan desagradable en tus crónicas. El otro día, de coraje arrojé al suelo « Otro güisqui con más cine » porque ya no podía más ».
Querida niña, si me lees bien y con algo más de caridad cristiana verás que soy empalagosamente positivo cuando hablo de aquellos maravillosos años sesenta en París, cuando tú eras todavía un proyecto de vida y tu madre y yo bailábamos acunados por la bendita voz de Frank Sinatra. La gente de los 60-70 éramos menos malos. Teníamos también guerras como la de Argelia o la de Vietnam, que descarrilaron la vida de millones de inocentes. Pero terminaron con el nacimiento de dos naciones que hoy son soberanas. Ahora, en estos advenedizos años dos mil, la mayoría de las guerras existen sin que nadie sepa por qué o casi. Son matanzas desencadenadas sin ton ni son y directa o indirectamente inspiradas o dirigidas por las grandes potencias. Mira Irak y su millón de muertos.
¿Cuántos millones más harán falta para que termine la carnicería ? ¿Y el Darfur ? ¿Y Palestina ?. La anrtigua Yugoslavia está desmembrada y acosada por intereses que nada tienen de patrióticos. Todo el Este de Europa se ha transformado en un tablero de ajedrez en el que mueve fichas gente que puede desencadenar una hecatombe nuclear en cualquier momento. Los nativos son víctimas que tal vez cuando eran niños también se refugiasen en el cine en busca de un chorrito de esperanza. Sé, querida niña, que soy políticamente incorrecto. Es verdad que he tenido una vida de película. Y quizá por haber sido truculentamente feliz me cuesta entender lo que ocurre ahora. Y como soy incapaz de resolver nada pataleo. Y más de un vez , como Boris Vian, escupo en las tumbas de tanto infame maldito, de tanto genocida sin Nuremberg que llevarse al cuello. Lo malo es que la mayoría de esas tumbas todavía están vacías porque sus propietarios saben matar pero evitan cuidadosamente morir. Mientras, los cementerios de los inocentes (echa un vistazo a Gaza) están cada día más abarrotados.
En estas circunstancias es muy difícil bañarse en el optimismo, del que sin embargo hago gala alguna vez, cuando mi güisqui con cine me da alas. Pero la magia de lo maravilloso no funciona siempre. Y muchas veces derrapo en el pesimismo y en el cinismo que este siglo XXI demanda a gritos. Y como no sé cómo terminar, pongo cara de Jimmy Fontana y susurro: “El mundo, no se ha parado ni un momento…”
Mi camarera de esta mañana con niebla de tarot, que dicen los pescadores de este pueblo de Fuengirola, con Sacha Distel y
Luis Miguel cantando para mí solo, le sonríe a una silla de plástico pero yo creo que es a mí. Sus besos caribeños deben de
saber a jabón de Marsella. Su voz te hace un nudo en la garganta. El uniforme azul entrevé la promesa
de unas corvas para la eternidad.
Alguien dirá que es muy facilón tomar como escenario de una vida una ciudad como París que se cuenta por sí sola. Y que no lo es menos pretenderse enamorado de una joya como La Habana Y terminar con el exotismo puro de Brasilia.
Les juro que hubiese preferido no tener nada que hacer en ese particular triángulo de las Bermudas que ha sido el mío y no el de nadie. Y lo peor es que todo lo que cuento –mala costumbre de viejo periodista-- es verdad o casi, aunque la realidad y la fantasía sean conceptos irrisorios que se confunden. Cada uno de nosotros tiene su percepción de la verdad, que cree es la buena. Cada uno de nosotros tiene su fantasía que es lo que nos queda una vez que los años se han encargado de suavizar los recuerdos.
Mi gran suerte es haber sido escribidor cuando el destino me llamó a comparecer. Imagino que de haber sido médico, fontanero o arquitecto no habría sabido cómo enfrentarme a mi puñetera realidad. Ni siquiera hubiese tenido probablemente la idea del último recurso, el de los grandes. Tan grande, tan absoluto, tan definitivo, que todas las religiones lo prohíben.
Intenté huir de mí mismo, lo que ya es correr, tratando de apasionarme por la Revolución cubana. Luego pensé que mi ciudad de siempre, en la que crecí humanamente, París, podría amortajarme. Forcé mucho la solución y he terminado odiándola. Luego tuve la oportunidad de vivir un trozo de mi aventura profesional en Brasilia, que es como decir al margen del mundo estúpido y occidental que nos corroe. Me pareció que ese lugar podría calmar mis rencores, mis penas. Me enamoré de un sitio perdido que chorrea espiritualidad y donde Jesucristo está como en su casa. Pero no hubo milagro Ahora estoy varado en una playa de Andalucía, antiguamente España, en espera de que me toquen el último bolero. Con la esperanza de que algunos tengan a bien corearlo conmigo.
Tenía yo diez años y cuando algo iba mal, por un puñado de calderilla me encaramaba al gallinero del cine Apolo de Ceuta, en un paraíso perdido del norte de África, y rápidamente me encontraba menos angustiado. Randolph Scott, Cary Cooper y hasta Richard Widmark, el duro de entre los duros, que no bailaba, siempre estaban dispuestos a sacarme del mal paso y a hacerme volver a ver la vida en technicolor y pantalla grande. De esas sesiones de autopsicoanálisis de la infancia nació mi pasión por un cine capaz de hacernos mejores o al menos menos malos. Más tarde, cuando se me cayó encima el romanticismo adolescente Doris Day le cantaba desde una lejana cama de sábanas blancas a mis bellos ojos negros, a cuyas pestañas infinitas se agarraba el enamoramiento de mis condiscípulas del instituto.
Una lectora, Monique, de París (Francia) me ha telefoneado para darme quejas de las cosas que digo o cuento en « Otro güisqui con más cine », recopilación de las crónicas que ustedes tienen la suerte de leer de vez en cuando. « No entiendo—me dijo mi comunicante con una exquisita ira—cómo habiendo llevado una vida tan bonita, con la que muchos ni siquiera podemos soñar, te atreves a veces a ser tan desagradable en tus crónicas. El otro día, de coraje arrojé al suelo « Otro güisqui con más cine » porque ya no podía más ».
Querida niña, si me lees bien y con algo más de caridad cristiana verás que soy empalagosamente positivo cuando hablo de aquellos maravillosos años sesenta en París, cuando tú eras todavía un proyecto de vida y tu madre y yo bailábamos acunados por la bendita voz de Frank Sinatra. La gente de los 60-70 éramos menos malos. Teníamos también guerras como la de Argelia o la de Vietnam, que descarrilaron la vida de millones de inocentes. Pero terminaron con el nacimiento de dos naciones que hoy son soberanas. Ahora, en estos advenedizos años dos mil, la mayoría de las guerras existen sin que nadie sepa por qué o casi. Son matanzas desencadenadas sin ton ni son y directa o indirectamente inspiradas o dirigidas por las grandes potencias. Mira Irak y su millón de muertos.
¿Cuántos millones más harán falta para que termine la carnicería ? ¿Y el Darfur ? ¿Y Palestina ?. La anrtigua Yugoslavia está desmembrada y acosada por intereses que nada tienen de patrióticos. Todo el Este de Europa se ha transformado en un tablero de ajedrez en el que mueve fichas gente que puede desencadenar una hecatombe nuclear en cualquier momento. Los nativos son víctimas que tal vez cuando eran niños también se refugiasen en el cine en busca de un chorrito de esperanza. Sé, querida niña, que soy políticamente incorrecto. Es verdad que he tenido una vida de película. Y quizá por haber sido truculentamente feliz me cuesta entender lo que ocurre ahora. Y como soy incapaz de resolver nada pataleo. Y más de un vez , como Boris Vian, escupo en las tumbas de tanto infame maldito, de tanto genocida sin Nuremberg que llevarse al cuello. Lo malo es que la mayoría de esas tumbas todavía están vacías porque sus propietarios saben matar pero evitan cuidadosamente morir. Mientras, los cementerios de los inocentes (echa un vistazo a Gaza) están cada día más abarrotados.
En estas circunstancias es muy difícil bañarse en el optimismo, del que sin embargo hago gala alguna vez, cuando mi güisqui con cine me da alas. Pero la magia de lo maravilloso no funciona siempre. Y muchas veces derrapo en el pesimismo y en el cinismo que este siglo XXI demanda a gritos. Y como no sé cómo terminar, pongo cara de Jimmy Fontana y susurro: “El mundo, no se ha parado ni un momento…”
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