Nació al comienzo de la II Guerra Mundial, en la que no participó. Periodista, el único defecto que se reconoce, ejerció durante cuarenta años en la agencia mundial de noticias France Presse, en París, La Habana, Madrid, Brasilia y algunos otros lugares del mundo. Lleva unos años escribiendo libros (novelas, ensayos…) con la ilusión de sobrevivir. Pero sabe que su mundo se ha acabado. Y para que le conozcan le pasa la pluma a dos compañeros de penalidades periodísticas.
Alfredo Muñoz-Unsain
(Es considerado como el mejor conocedor de la política cubana junto al norteamericano Tad Szulc. Argentino de nacimiento, reside en La Habana desde hace más de cuarenta años, lo que le ha permitido seguir paso a paso el desarrollo de la Revolución que convirtió a Cuba en el único país socialista de América Latina. Es el decano de los corresponsales extranjeros en la Isla.)
Ernest Hemingway y Sergio Berrocal comparten la frontera borrosa entre el periodismo y la literatura, pero Hemingway nunca escribió sobre cine. Las veces que vio películas en la penumbra de un cinematógrafo abominó del llamado Séptimo Arte.Estaban basadas en historias escritas por él y prefirió echarles la culpa a directores como Darryl F. Zanuck.No comentó que con Los asesinos, uno de sus cuentos, otro director cometió la proeza de trasladar a la pantalla una historia escrita mejorándola (una segunda proeza de ese tipo fue Ambiciones que matan, con los jóvenes Elizabeth Taylor, Montgomery Clift y Shelley Winters, sobre An American Tragedy, de Theodore Dreiser).
Apúntese de paso que el famoso Premio Nóbel de Literatura norteamericano nació y murió en Estados Unidos pero entre ambos actos, fortuito el primero y voluntario el último, pasó la mayor parte de su vida en otra parte.La leyenda que envolvió a Hemingway -de macho, de corajudo cazador, de pescador experto, de paradigmático soldado irregular- fue una cortina de humo generada por él mismo para ocultar ante los demás sus dudas internas.Sergio Berrocal también ha sido como el gitano que no es, aunque nació en tierras sospechosas del Norte de Africa (pese a lo cual, o por lo cual, ha elegido por sus redaños adoptar la nacionalidad andaluza).
También lo rodean leyendas, aunque todas fabricadas por amigos suyos o, viceversa, por fulanos a quienes les cae gordo.Se dice, por ejemplo, que su madre fue una anarquista catalana o polaca que, enamorada, se ató a las riendas de uno de los jinetes del cacique bereber Abd El Krim. Eso explicaría su rechazo a los notables vinos del Penedés.
De su larga vivencia en París sólo aprendió a seguir usando agua mineral Perrier para atemperar la sangre en sus arterias.Una leyenda derivada de este dato verídico es que cierta vez, en Tokio, Toshiro Mifune evitó que contertulios japoneses le rebanaran los brazos por insistir en derramar Perrier en su vasito de sake (pudo haber sido Akira Kurosawa, según otros que narran el mismo incidente quizá apócrifo).En La Habana, donde ha estado demasiadas veces para su propio bien, en vez de Perrier sólo se encuentran aguas minerales locales comercializadas por la italiana San Pellegrino.Eso pudo tensionarlo como para que una vez, durante un corto viaje de tres pisos en el vetusto Hotel Nacional, su favorito, intentara introducirse por la vía angosta en una mulata de llamativo aspecto que operaba el ascensor.En cuanto a su radical diferenciación con Hemingway, es difícil suponer que exista algo más imprescindible para Sergio Berrocal que vivir cine y escribir sobre cine.En él ambas cosas son, podría decirse, una permanente ininterrupta eyaculación. O en otras palabras (francesas, que le gritaron a menudo en la redacción central parisina de la agencia mundial en que trabajó durante infinitos años y estoicamente sufrió linchamientos verbales numerosos pero siempre a sus espaldas, a sotto voce): Il faut pisser de la copie!
Esta ficha biográfica del joven Sergio Berrocal (sólo 68 años tiene) podrá quizá ser leída en el volumen titulado “Cuentos Chinos” que se le ha ocurrido infligir a sus no escarmentados lectores. Pero ésta, y cualquier otra, quedarían incompletas de omitir tres datos y una conclusión fundamentales:
Es profundamente creyente, pero de religión ignorada pues evade definirla con una excusa indestructible: “Cada hombre, dice, hace a Dios a su imagen y semejanza”.Afirma que lo que le gusta en las mujeres es que tengan ojos azules, pero en verdad lo que le gusta es que los tengan de color verde o azul o colorado o cucaracha o anaranjado o arcoiris o morado o ultravioleta o infrarrojo. Es decir, que tengan ojos, sean zarcos o bizcos o estrábicos o miopes o astigmáticos. Pero a fin de llegar al fondo de la verdad, hay que revelar que lo que le gusta es que sean mujeres serpenteantes y serpentinas. Un vicio que adquirió en Brasilia y con que se reinoculó en La Habana.
Sus bebidas preferidas resultan un oximoron: leche con café decafeinado (en el desayuno) y para explorar la penumbra astronómica (esto es, desde el atardecer hasta el amanecer) güisqui escocés (con Perrier, como ha sido dicho).
Sin embargo, se sabe que en diversas coordenadas geográficas cuando llegó el caso ha libado kvass en los Urales, chicha fermentada por las mandíbulas de desdentadas ancianas aymaráes, cachaça en Brasil, pisco en Perú y Chile, tequila y pulque en México, acquavit en Escandinavia, en los vastos territorios asolados por el Socialismo Real vodka descendida del zarismo y samogón (la imaginada por el mujik), slibovitza en los Cárpatos y un menjunje inuit sin nombre producida por la fermentación de orina y grasa de focas u osos boreales. En Cuba, desde luego, ron. Sin arribar jamás a la beodez.
Conclusión, no necesariamente extraíble de todo lo precedente: todo lo que hace Sergio Berrocal es gestado por su amor indiscriminado, un amor de ofrecer la segunda mejilla, de abrir carta de crédito sentimental a los otros, de perdonar las afrentas personales, de indignarse por las injusticias que percibe. El amor en la interpretación de los verídicos cristianos.
Y ahora Jorge Smith, periodista cubano.
Alejo Carpentier, el creador del método de "lo real maravilloso", calificó al periodista como "testigo de su tiempo", y en la historia humana, pletórica de testimoniantes, pocos han alcanzado la cumbre como Sergio Berrocal.Sin dejar de serlo, o precisamente por eso, ha vertido la vida vivida en novelas, de las cuales acumula varias escritas en el reposo de una madurez activa.
Su más reciente libro, intitulado Bye, Bye Brasilia, quizás en recuerdo al filme del malogrado realizador León Hirchzmann, es demostrativo de esa perenne inquisición, vuelta a la semilla, quemarse, alegrarse, lo que es igual a vivir.Nacido en 1939 en Tánger, Marruecos, Berrocal marchó en 1957 a Marsella y de allí, como el judío errante llegó París, donde fue contratado por la Keystone Press Agency en periplo laboral durante el cual gastó (bien gastados) tres años de su vida.Después la agencia France Press, una de las tres más importantes del mundo, lo contrató para su servicio en español.El joven tangerino no estaba solo, pues, junto a él, inauguró la rúbrica Mario Vargas Llosa y otros destacados "mirones".En tales ambientes mundanos transcurrió la primera parte de su vida y por eso es testigo de la "nouvelle vage", la ruptura entre Sartre y Camus, el alzamiento de Massu en Argel, el atentado a De Gaulle en Petit Clamart y, por supuesto, de las curvas de Brigitte Bardot.
En esa carrera, el joven periodista se hizo de una maestría en el oficio y por eso, ahora puede darse el lujo de descansar y mostrar ese aspecto triste, meditabundo, como el mosquetero Athos pensando en en Milady de Winter.Recuerdo que en la década de los años 70, los jóvenes periodistas leíamos con especial delectación las maravillosas crónicas de aquel hombre aventajado. Los profesionales de la noticia cumplen el deber de tomar por las solapas a los lectores, pero a Sergio Berrocal no le hacía falta ser violento, porque poseía un poder de seducción poco común y es el de aquel que puede persuadirte de su mundo con una frase.Berrocal domina el lenguaje, la concisión, el adjetivo y sobre todo la técnica "del encuadre".
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