Alain Resnais luchaba con la nueva ola del cine francés, el surrealismo helado de René Margritte dejaba sin voz a los viajeros de un tren sin vías. He vuelto a Marienbad sin cámaras. Tampoco está Delphine Seyring, la divina de aquella cita en esa ciudad perdida por el encantamiento. Corro de la luz y corro como un malhechor por la sombra donde todos los gatos son pardos.
En la plaza de muñecas y sin Ibsen, la catedral aplasta con su poderío milenario. Todo está vestido de technicolor helado, hasta las callejuelas con foto fija en cámara digital. La he visto de lejos, antes de que ella se percatase de mi presencia. Apoyada en el quicio de la peletería, no en el quicio de la mancebía pero los ojos son realmente verdes, como el trigo verde, en el mismo lugar, en la misma postura que hace un año y dos días, me sonríe con los mismos labios rellenos de ilusiones infantiles.
Como cuando nos vimos por primera vez en Marienbad. La sala del cine estaba oscura y en la pantalla de otros tiempos el hombre y la mujer de Alain Resnais jugaban a ese juego del amor en el que siempre se pierde y al que un infinito más tarde volverían a jugar Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant, Un hombre y una mujer con Claude Lelouch. La peletería huele a humedad vieja a la sombra de la catedral. Las paredes están cubiertas por pieles de animales que a ratos parecen respirar. Los cortos veinte años de la muchacha siguen encandilados por una sonrisa que tal vez sea la de la rubesiana Salomé, la que pidió en bandeja la cabeza del hombre imposible de conseguir, Juan Bautista. Dice que no se acuerda del año pasado en Marienbad. Las sábanas tiritaban y la nieve azotaba las ventanas. El amor de Marienbad es el amor inventado por la necesidad de sentirse vivo. En el cementerio huele a vida. Algunos leeen sus propias esquelas mortuorias en el diario local: “Fue (la muerte) la conclusión de ocho años de tortura en los calabozos de la Inquisición romana. Tras haber escuchado la sentencia, lanzó esta frase que ha quedado gravada en los anales del espíritu humano: Es seguro que ustedes temen más anunciar esta sentencia que yo aceptarla”. Más allá, por donde el sol se pone, otro recuerdo: “El cielo se ha oscurecido de Pinarello a las Antillas, de las Américas a París, de la Normandía de Proust a la Sauzette y de las regiones e la lengua de Oc a las orillas de Qui Nhon”.
Por la colina de la ciudad corre mucha gente en medio de enormes fogatas y estallidos de cohetes. Es la fiesta de la Cultura, dicen unos, mientras otros ríen a más no poder. Para acceder al jolgorio de libros, música y pintura hay que entrar por una ventanilla. Yo no paso. El funcionario mide una y otra vez mi cabeza: “Es imposible, no cabe”.
En el Metro también hay fiesta. Elisa tiene enormes pestañas postizas que le hacen de parasol en un rostro tan moreno como el azabache, de una belleza descomunal. Está sentada en lo alto de una escalera de cocina. Me indica que suba por la otra parte. Debajo de nosotros pasa un abigarrado gentío perseguido por policías antidisturbios. Aquí arriba es un remanso de paz. Apenas si nos llegan los gritos y la música latina.
Son los párpados más eróticos que imaginarse pueda. Los balancea como las aspas de un ventilador mientras me tiende una bolsita de plástico. “Son treinta euros pero lo que hay dentro te sabrá a gloria”,
He vuelto a la Costa del Sol, en el fondo del fondo de Andalucía.
Huele a dama de noche de primavera embarazada y a cirio de Semana Santa.
viernes, 14 de marzo de 2008
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1 comentario:
Realmente no sé si lo he encontrado. Solo le he preguntado por usted a los buscadores y me han conducido aeste espacio. He leído algunos de sus escritos en Orbe, de Cuba, y confieso que llegué a envidiar su forma de escribir, lo cual suele ser raro en mí, no porque escriba mejor sino porque poseo la extraña e ingrata característica de admirarme por muy poco cuando de lecturas periodísticas se trata. Soy periodista o al menos intento serlo, pero siento que no encuentro el camino. Hace tiempo di por errado mi rumbo, en el fondo solo quiero escribir sobre la vida, pero estoy perdida. Tengo tres amores en el mundo de la crónica: José Martí, Alejo Carpentier y usted. Es el único vivo. Le agradecería mucho contar con algunas palabras suyas. Mi correo es soyetel@gmail.com, aunque creo que es mucho pedir puesto que el blog parece estar en desuso. Ojalá pudiese leerlo más menudo en Cuba. Gracias.
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