jueves, 6 de marzo de 2008

La cafetera de Ben Gazzara ::











Es como una máquina de hacer café con la presión de los hermanos Marx pidiendo más leña. El vivificante soplido de la concepción es vida y esperanza aunque el pitido final sepa amargo. El café ya está en la taza con su corona de espuma.La película Buffalo 66 (1998) me ha traído a la memoria a esas locomotoras de mesa que en las ciudades europeas son el gran despertador de millones de personas. Nada que ver con las locomotoras de Emile Zola y sus violentos amores a cuchilladas y a golpe de locura porcina.Vicent Gallo es norteamericano, de una de esas ciudades sin hombre propio y sin carácter, donde no se dice hola y donde nadie mira la cara del otro. Quien crea que conoce la desesperación, el no va más de la infelicidad de sí mismo, la que uno teje con voluntad, que vuelva a ver esta película. Vicent Gallo, realizador e intérprete es un monstruo rebosante de talento. ¿Y qué decir del viejo Ben Gazzara encerrado entre cuatro planos y medio de una banalidad decadente que siente como su vida se escapa tontamente. Es un viejo cantante, metido en una sinfonía de indiferencia compuesta y dirigida por Anjélica Huston, nunca más henchida de su papel de mala repulsiva. Cuando aparece su hijo, Vicent Gallo, revulsivo estremecedor sólo en pequeñas dosis y con receta médica, Ben Gazzara resucita por unos segundos su feliz pasado como “crooner” a lo Frank Sinatra. Y a la novia del hijo, una rubita gordita sensible como una pila recién sacada de su envoltorio, empaquetada en un traje corto de los 60, le canta con la música de Nelson Ridler, el descomunal arreglista que tantas veces vistió con su música a Frankie, el muchacho de Hobooken. Lo que dura el disco, un soplo de eternidad, dura la resurrección del viejo cantante olvidado para el que no habrá halagadora esquela mortuoria.Unas botas rojas que a cualquiera le sientan como un tiro sin pistola lleva el protagonista en su última cita con un destino que no puede ser más que desternillantemente inexplicable. Dos tiros para dos cabezas ponen punto final a este desquiciado cuento urbano. Ben Gazzara se quedará delante de su tocadiscos dándole voz a la música que brota sin saber. El fogonazo del tiro que ha atravesado la cabeza del hijo no ha llegado a ese reducto del egoísmo de todos que hace hervir la cafetera de la vida.Quizá porque el impacto de una noticia está en relación directa con el lugar donde se recibe. A mí me alcanzó de lleno, como la bala a Gallo, en un pasillo de un hospital anclado en el fondo de Andalucía, bendito sur de España, que en nada se parece a un establecimiento similar de cualquier otra parte de Europa. El teléfono móvil, despertador de sinsabores o de citas acabadas, abalorio de los nuevos payasos, me pilló contemplando una ventana sin paisaje. Un viejo amigo y compañero me espetó con la rabia del periodista preocupado por dar el primero la noticia:- Tengo que darte una mala noticia. Jean-Claude ha muerto.Los tres trabajamos juntos durante varios años pero me doy cuenta de que al muerto le conocí poco, porque yo entonces no sabía. Estuvimos cinco años buceando en el fango de la información entre terroristas y otras lindezas que deberían de habernos unido más. Mientras esta mañana, veinticuatro horas después de la noticia, tomo mi descafeinado con leche de siempre en esta playa metida en África, Jean-Claude tiene ya sepultura. Era todavía un hombre joven y tenía quien le quisiera. Desde anoche el aire me llega a los pulmones con un paso tan cansino como el de Semana Santa, cuando se recuerda la pasión de Jesucristo, el único hombre bueno. Jean-Claude me machaca más allá del recuerdo cristiano. Ha despertado todas mis viejas obsesiones de la muerte, de las que hablo con la ligereza temerosa que muchos tenemos con las cosas serias, imposibles de controlar. Esta mañana he estado en mi vieja iglesia de los Boliches y he pensado en él, que es como decir una oración. Es posible que Ben Gazzara hubiese preferido tomarse una buena ración de bourbon rociada con la voz de Sinatra. Hace tiempo que no sentía tantísimo la necesidad de un abrazo, de un beso o de una mera caricia.


Aquí tienen las primeras páginas de mi próxima novela, "Último vuelo a Manaus"...

El general don Raimundo Laserna de Escartín era un tipo alto y duro, de esos hombres que no bailan ni con el diablo. Podría decirse incluso que poseía cierta belleza bruta como la del olivo, resaltada por un rostro eternamente bronceado a fuego y unos ojos verdes profundos, todo ello coronado por una frente altiva hasta donde se asomaban farragosos acantilados de pelo negro. Sin uniforme, o con otro uniforme, podrían haberle confundido con un torero gitano de estirpe. Solía decir que era “tripartito” y explicaba que muy jovencito ingresó en la Academia militar de Zaragoza, de donde salió primero de su promoción, luego en la de Coetquidan, Francia, donde dejó encandilados a sus profesores por su peculiar arte para el mando. Concluyó su educación militar en una escuela de la selva que los británicos poseían entonces en un lugar perdido entre Birmania y Tailandia. Se había convertido en un especializado militar en todo tipo de guerras y guerrillas al mismo tiempo que su paso por más de un Estado Mayor le había contagiado el gusto por la política, para la que tenía dotes excepcionales.


Sonreía poco pero bien. Con sus subalternos nunca. Con sus superiores apenas un rictus elegante y desdeñoso. La exhibición en technicolor y tres dimensiones vista de sus dientes blancos de estrella de cine la reservaba para las mujeres. Decía que después de una buena guerra, la mujer era lo que más apreciaba en el mundo.


Las cinco estaban dando en el reloj de la catedral de Nuestra Señora de Africa, obra barroca que desde el triunfo del Caudillo Franco se había convertido en el centro de actividad de los advenedizos y enfermos mentales tiralevitas de aquella isla africana bajo protectorado español. Desde su llegada a aquel peñón anclado en el Mediterráneo al que la guerra había transformado en portaaviones de todas las ambiciones franquistas hacia la Península, el General se había convertido en un aparente devoto empalagoso a más no poder de la Virgen callada que siempre estaba rodeada de mujeres, jóvenes y hasta muy jóvenes. La mayoría de ellas, por no decir todas, se olvidaban repentinamente de sus rezos múltiples cuando se oían las sagradas cinco campanadas de la tarde. Poco a poco se despegaban de sus bancos y antes de que hubiesen transcurridos diez segundos se encontraban como por casualidad en las escaleras de la iglesia que daban a la plaza redonda y pequeña a cuya otro extremidad se alzaba sin complejos un elegante palacete del siglo XVII -- decían que lo construyó un pirata cuando para robar con arte era preciso echarse al mar-- que albergaba un casino militar que por su austera elegancia exterior más bien parecía la guarida de los caballeros de la mesa redonda. En el interior ya era otro cantar. En una parte del casino se había recreado, por expresas indicaciones suyas, el bar de Rick en Casablanca. El general era un admirador empedernido y sin causa conocida de Humphrey Bogart, aunque pretendía que la rendición de su personaje al final de la película constituía una incalificable tontería merecedora de un consejo de guerra y que sólo podía habérseles ocurrido a guionistas americanos corroídos por los remordimientos de siglos de maldad a través del mundo. Otra parte del casino estaba reservada para la plebe de la aristocracia militar de la isla. La planta noble del edificio, probablemente construido, en realidad, por conquistadores portugueses, albergaba un gigantesco apartamento que era su dominio natural y donde muy poca gente podía entrar.


Cada día que nacía en el Mediterráneo, a las cinco y cinco en punto de la tarde aparecía como por encanto al lado de un kilométrico Cadillac negro que relucía aunque estuviesen cayendo chuzos de punta. Antes de que el oficial de su guardia personal pudiese abrir la puertezuela, el General se acercaba a la entrada de la catedral para saludar a algunas de las devotas damas ataviadas como si fuese Semana Santa todos los días. Eran jacas bien montadas pero decepcionadas por la vida militar de maridos de valentía conformista en el campo de batalla pero de mediocre referencia colchonera. El uniforme verdoso que entonces podían contemplar olía todavía al sastre que acababa de tallarlo. El General nunca se ponía un uniforme dos veces. Pretendía que hubiese sido de tan mal gusto como acostarse dos veces con la misma mujer. Su fortuna personal le permitía muchos lujos y su vanidad lo podía todo. Al menos así lo creía él.


Se sabía el hombre más poderoso en muchos kilómetros a la redonda. El Caudillo, con quien había compartido clases en Zaragoza, le había mandado mucho después de su victoria a aquella isla de Africa del Norte con la misión de vigilar todo Marruecos y la consigna estricta de que ni una mosca pudiese volar sin un salvoconducto debidamente visado. Y hacía ya algunos años que nadie se movía.


Harto de las intrigas cuarteriles para las que no estaba hecho y a las que terminó temiéndo, aceptó con mucho gusto aquella misión. Se sabía el virrey de un pedazo de África donde sólo los “amigos” franceses podían hacerle sombra.


Abandonar Madrid le había permitido dejarse atrás todo un pasado con el que ya no podía. En medio de vermuts con sifón que a él le gustaban tan poco como el té con limón pero que le permitía jugar la carta del populismo burgués había ido lanzando anzuelos sobre su vida pasada para conseguir pescar la leyenda. Era vox populi que en la guerra del Rif no hubo un combatiente más fiero que él. Entonces todo el mundo le conocía como el Capitán Veneno. Contaban que sus legionarios le temían casi más que los soldados de Abd el-Krim. Sobre esos oscuros años de su vida circulaban mil leyendas, desde la que le presentaba como un caballero a la que le describía como un ser sin corazón.


Pero era imposible saber dónde estaba la verdad. Había encargado a tres de sus oficiales de la mayor confianza –dos de ellos antiguos periodistas que luego se habían refugiado en La Legión, de donde él les había recuperado y el tercero antiguo asesino a sueldo de una camorra siciliana—la trama de toda aquella leyenda que le gustaba arrastrar. Y así fue como filtraron que había estado casado con una dama de la alta sociedad vasca que al cabo de unos años de matrimonio había tenido que ser internada en un manicomio.


Este accidente conyugal a punto estuvo de hacer trizas la más que prometedora carrera del ambicioso militar. Porque la locura de su esposa fue aprovechada por los enemigos que tenía alrededor del Caudillo para presentarlo como un monstruo.


Por no desmentir su lealtad hacia los pocos amigos que le habían seguido desde que era alferez, el General a punto estuvo de tener que colgar el uniforme. Su hombre de confianza era un personaje de una timidez enfermiza que no salía nunca a la calle sin su guerrera atestada de condecoraciones conquistadas en las trincheras de la Guerra Civil. Unas gafas tan negras como su alma, decían quienes menos le querían, tapaban como una loza mortuoria unos ojillos crueles que más de un combatiente marroquí de la sangrienta guerra del Rif guardaba en su memoria como una pesadilla de cadena perpetua. Don Gonzalito Jeremías de los Arrobos adoraba al General por lo que había hecho por él. Cuando en las montañas del Rif un bereber le sacó un ojo de una puñalada mientras el otro se lo dejaba con apenas un poco de visión, el General hizo que le repatriasen a España en el mayor de los secretos. Oftalmólogos de Oviedo consiguieron salvar el ojo que todavía le quedaba pero siempre en el mayor de los silencios administrativos. Nadie en el Ejército sabía que Don Gonzalito era casi ciego, circunstancia que debería haberle conducido directamente al retiro. Pero el General le mantuvo en funciones y más tarde le convertiría en el vicegobernador de facto de aquella isla. ¿Cómo olvidar que antes de salvarle la vista y su carrera, le había evitado los rigores y la humillación de una corte marcial?


Al terminar la Guerra Civil, allá por el año 1939, el General había sido designado por Franco para ocuparse de Marruecos teniendo como cuartel general una isla estratégicamente situada de la que pocos volvían sin autorización sellada. Su fiel escudero, Don Gonzalito, debía seguirle en cuanto se casase. Se había encaprichado a la sazón de Rosarito, una chiquilla de 18 años, hija única de un matrimonio tan lleno de dinero como de franquismo, enamorada hasta la braga de aquel hombre pese a que sus padres desconfiaban de aquellas gafas que como dos mármoles negros le cerraban los ojos e impedían verle pensar, decían ellos. La familia de Rosarito tenía tantos títulos de nobleza, la mayoría concedidos por Alfonso XII, como caudales ganados con el estraperlo al por mayor durante la guerra. Fue un noviazgo rápido pero ejemplar. Ella, pese a que su alma más íntima se humedeciera cada vez que miraba los cristales negros que aquellos ojos eternamente ocultos de su novio, nunca le dejó tocar a su himen.


La noche de bodas se encaramaron en la suite que el gobernador militar de la región les había cedido en un hotel casi secreto, donde sólo tenían entrada ciertos iniciados. Más tarde, por lo que se supo de sus declaraciones ante los jueces que debían preparar la anulación matrimonial ante el tribunal de la Rota, la muchacha confesaría que nada más pisar la enorme habitación matrimonial, los orgasmos se sucedieron entre sus muslos a medida que iba quitándose la ropa en el cuarto de baño, antigua terma romana. Cuando salió temblando de que él le arrancara la virginidad a dentelladas lo encontró totalmente desnudo –lo único que había conservado de su habitual indumentaria eran las gafas negras—y espatarrado en el suelo. Contó la pobre que cuando vio aquel falo que se reflejaba en los cristales de las gafas cerro los ojos para empalarse en él, olvidando todo cuanto sobre conducta sexual le habían enseñado las monjas. Abrió las piernas y entonces oyó la voz del amado que desde el suelo le suplicaba: “¡Méame, Rosy!”.





















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